Día 1
Día 1 de 7 1 de junio

Ya oíste la voz de Dios. La pregunta es qué hacés con ella.

La pregunta más repetida entre los creyentes no es «¿existe Dios?». Es «¿cómo oigo su voz?». Y la respuesta te va a incomodar: ya la oíste. Ya la oíste.

Mirá, hermano, te lo voy a demostrar. Jesús no dijo «mis ovejas van a tratar de oír mi voz algún día si se esfuerzan lo suficiente». Dijo algo categórico, sin rodeos, sin letra chica: «Mis ovejas oyen mi voz». Presente. Activo. Ahora.

Entonces, ¿por qué tantos creyentes andan preguntando cómo oír a Dios? Porque confundimos «oír» con «escuchar un audio celestial». Esperamos una voz audible, una visión, un sueño con subtítulos. Y mientras esperamos eso, Dios ya nos está hablando por otro lado y nosotros miramos para otro lado.

Escuchá bien: tu conciencia no es tuya. Es decir, sí, es tuya, pero no la inventaste vos. La ley moral de Dios está escrita en el corazón de cada ser humano. El apóstol Pablo lo dice clarito en Romanos: hasta los paganos, los que nunca abrieron una Biblia, demuestran que conocen esa ley porque su propia conciencia les acusa o les aprueba. ¿Alguna vez sentiste que algo estaba mal? ¿Alguna vez ese nudo en el estómago antes de tomar una decisión equivocada? Eso, hermano, eso es la voz de Dios. Había sido.

Ahora, el problema no es que Dios no hable. El problema somos nosotros. Somos nosotros que preferimos escuchar la voz de nuestra mente, de nuestra circunstancia, de nuestro pecado, y a veces hasta del mismo demonio, con tal de no obedecer lo que ya sabemos. No es un problema de recepción. Es un problema de obediencia. Es así. Es así.

"«Aun los paganos, quienes no cuentan con la ley escrita de Dios, muestran que conocen esa ley cuando por instinto la obedecen... su propia conciencia les acusa o bien les indica lo que está bien o mal hacer.» (NTV)"

Romanos 2:14–15 · NVI

El predicador lo dijo así, sin anestesia: «Todos los que están acá ya oyeron la voz de Dios. Tendría que cerrar la Biblia e irme». Y después preguntó: «¿Alguna vez sentiste que algo estaba mal o que algo estaba bien y tenías que hacerlo?». Todos levantaron la mano. Todos. El más nuevo y el más viejo. El que lleva años en la fe y el que entró por primera vez esa mañana. Nadie quedó afuera. Porque la voz de Dios no es un privilegio para los espirituales avanzados. Es el punto de partida de todos los seres humanos.

II Versículo

"«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.»"

Juan 10:27 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, antes de cerrar el día, hacé esto: sentate un momento en silencio y preguntate honestamente: ¿hay algo que mi conciencia me viene diciendo hace tiempo y yo sigo ignorando? No hace falta que sea algo enorme. Puede ser una conversación que postergás, una disculpa que debés, una decisión que ya sabés que tenés que tomar. Escribilo. Una sola cosa. Y decile a Dios, aunque te parezca raro hablar solo: «Señor, ya sé lo que me estás diciendo. Ayudame a no seguir haciendo el sordo». Eso es orar. Eso es empezar a oír.

Sé sincero con lo que ya sabés, y la voz de Dios va a empezar a sonar más clara que nunca.

Emilio
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