Hay creyentes que llevan años sin abrir la Biblia y después se quejan de que Dios no les habla. No es culpa de Dios. No es culpa de Dios.
Escuchá bien esto: Dios usó jueces, profetas, patriarcas, reyes, gente de origen sencillo, y hasta un burro para hablarle a la humanidad. Un burro, hermano. Si Dios llegó a ese extremo para comunicarse, imaginate cuánto quiere hablarte a vos.
Y todo eso quedó registrado. Cada palabra, cada advertencia, cada promesa, cada historia real de gente real que oyó a Dios y obedeció, o que oyó a Dios y desobedeció, y después pagó las consecuencias. Todo eso está en un libro que vos tenés en tu casa, probablemente en un cajón o en una mesa de luz con polvo encima. Se llama la Biblia. Y leer la Biblia es leer, escuchar la voz de Dios. Así de simple. Así de revolucionario.
Hebreos 1:2 lo dice así: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo». O sea, ya no necesitás un profeta en el púlpito que te diga «Dios me mostró que vos tenés que hacer tal cosa». Tenés al Hijo. Tenés sus palabras. Tenés los cuatro evangelios que son su biografía autorizada.
Ahora, ¿cómo empezás? Sencillo. Abrís Mateo, Marcos, Lucas o Juan. Un capítulo por día, que son 24, 25 versículos en promedio. Leés despacio. Meditás dos minutos lo que dice. Y le pedís a Dios, aunque te parezca que hablás solo: «Señor, revélame estas palabras». En menos de cuatro meses terminaste los cuatro libros usando apenas seis o siete minutos de tu día. Seis o siete minutos. Menos que lo que tardás en mirar un video en el teléfono. Eso es oír la voz de Dios. Y después no vengas a decirme que Dios no te habla. No, no. Hacé eso primero.
"«Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.»"
Isaías 55:11 · NVI"«Al que oye estas palabras y las hace, lo compararé con un hombre prudente.»"
Mateo 7:24 · NVIDice Isaías 55:11: «Mi palabra que yo les envío dará fruto, logrará todo lo que yo quiero, prosperará en todos los lugares donde yo la envíe». El predicador lo comparó con el pasto en verano. El pasto se seca, se pone amarillo, parece muerto. Llueve, y al día siguiente ya está verde, ya creció. Así es la palabra de Dios en tu vida. No importa cuánto tiempo estuviste sin leerla. No importa cuánto tiempo estuviste seco. Cuando la palabra entra, algo cambia. Algo se activa. No es magia, es el Espíritu de Dios que la hace viva en vos. Pero para eso tiene que entrar. Y para que entre, la tenés que leer.
"«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.»"
Hebreos 1:1–2 · NVIHoy empezá. No mañana. Hoy. Abrí el Evangelio de Juan, capítulo 1. Leé despacio, sin apuro. Si tenés la Biblia en papel, mejor, ponele el teléfono en modo avión para no recibir notificaciones. Leé, meditá dos minutos, y terminá con esta oración corta: «Señor, sé que me estás hablando acá. Ayudame a oír y no solo a leer». Un capítulo. Seis minutos. Eso es todo. Hacelo hoy y mañana lo repetís. Y dentro de cuatro meses me contás.
No te falta una visión sobrenatural. Te falta abrir el libro que ya tenés. La voz de Dios está ahí, esperándote. Esperándote.
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