El corazón te miente, y vos le creés
Alguna vez dijiste «jamás creí que era capaz de algo así». Sí o no. A mí me pasó. Y te juro que en ese momento estaba convencido de que tenía razón. El tiempo pasó, medité, maduré, y me di cuenta que era un disparate lo que estaba haciendo. Así es el corazón humano: te convence, te justifica, te aplaude. Y vos le creés.
El profeta Jeremías escribió algo en el capítulo 17 que debería incomodarnos a todos: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?». Esa pregunta retórica tiene una sola respuesta honesta: nadie. Nadie conoce realmente la profundidad de su propio corazón. Ni vos. Ni yo.
Y sin embargo, actuamos como si sí. Actuamos como si tuviéramos una visión perfecta de nuestras motivaciones, de nuestras intenciones, de por qué hacemos lo que hacemos. Y con esa misma confianza ciega juzgamos al de al lado.
Jerusalén dice en Jeremías 17:10 que es el Señor quien escudriña la mente y prueba el corazón. O sea, hay un nivel de profundidad en vos que solamente Dios puede ver. Vos llegás hasta cierto punto. Dios llega hasta el fondo. Y muchas veces hasta las buenas cosas que hacemos están contaminadas por un corazón con doble intención.
Ahora, ¿cuándo se nota todo esto? Cuando alguien nos confronta. Cuando alguien nos dice «sos orgulloso», «sos caprichoso», «sos desleal». Ahí aparece el mecanismo. Automático, rapidísimo: la justificación. «No, yo no soy así. Me malentienden. No me conocen. Tienen envidia. Es que ellos también tienen sus defectos.» Y cuanto más usamos ese mecanismo, más se endurece el corazón. Hasta que ya nadie nos puede decir nada. Hasta que soltamos a la gente que nos amaba. Y recién ahí, desde el dolor, desde la pérdida, pensamos: «Desde hace años me lo decían. Y no cambié.»
Conozco matrimonios que se destrozaron de la noche a la mañana. Y cuando uno habla con el que se fue, te dice: «Años, pastor, años le dije que cambiara». Y cuando uno habla con el otro, ya desde el dolor, te dice: «Ahora que pienso bien, desde hace años me lo decía lo mismo. Y yo justifiqué, y justifiqué, y justifiqué». La gente, el carácter, el cansancio, los defectos del otro. Siempre había una razón. Y la razón tenía forma de escudo. Un escudo que en realidad era una venda.
"Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? «Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras»."
Jeremías 17:9–10 · NVIHoy te propongo algo concreto y un poco incómodo: pensá en alguien que en los últimos meses te dijo algo sobre vos que no te gustó. Alguien de confianza, no un enemigo. Y en vez de recordar cómo te defendiste, preguntate seriamente: ¿y si tenía razón? No tenés que ir a decirle nada todavía. Solo abrí esa posibilidad. El Espíritu Santo trabaja en ese espacio pequeño que se abre cuando bajamos la guardia.
El corazón engañoso no es el corazón de los malos. Es el corazón de todos. El tuyo y el mío. La diferencia está en quién le abre la puerta a Dios para que lo revise. Esa puerta la abrís vos.
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