El que juzgó a Mbappé y todavía no se perdonó a sí mismo
Bueno, hablemos de algo que pasó hace un tiempo y que todavía le duele a más de uno, aunque nadie lo reconozca. El partido contra Francia. Mbappé. La legisladora. El Twitter en llamas. Y lo más interesante de todo: los cristianos metidos hasta el cuello en esa guerra, maldiciendo en redes, insultando, comparando personas con monos. Gente que el domingo levanta la mano y canta «tú eres mi Dios». Esa misma gente. Me incluyo, porque algo sentí en el momento también, no te voy a mentir. Un ratito de irracionalidad, que le pasa a cualquiera.
Ahora, lo que me llama la atención no es que la gente se haya enojado. Somos pasionales, es parte de nuestra cultura, no hay drama. Lo que me llama la atención es lo que ese momento desnudó. Porque Mbappé no te quitó la plata. No le faltó el respeto a tu hija. No nombró tu nombre, ni te va a conocer nunca en la vida. Era un deportista al otro lado del mundo que actuó de manera impulsiva en un partido, que también recibió lo suyo durante el partido, dicho sea de paso.
Pero el nivel de odio que se generó, hermano. Y no hablo del mundano, el mundano está donde tiene que estar. Hablo del creyente. Del que dice creer en Cristo como Señor y Salvador. Si en algo que no te afectó en nada, que no cambió tu economía, que no tocó a tu familia, ya le odiás con esa facilidad: ¿qué vas a hacer con tu enemigo real? Ese que vive en tu ciudad y sí te perjudicó. ¿Cómo vas a perdonarle, amarle, darle otra mejilla?
Y lo más cómico, si se puede llamar así, es que cuando alguien quiso poner paño frío al tema y analizar la situación con cabeza fría, ese fue el peor enemigo de todos. El que no se enojó lo suficiente era el antipatriota, el tibio, el que no ama la bandera. Jesús antiparaguayo. Jesús que no canta el himno. Y mezclamos todo.
Mirá, hay algo que ese momento revela con claridad: somos muy buenos para ver el pecado ajeno y muy creativos para no ver el nuestro. El ego no necesita un escándalo grande para mostrarse. Le alcanza con un partido de fútbol.
"Así que el obispo debe ser intachable, esposo de una sola mujer, moderado, sensato, respetable, hospitalario y capaz de enseñar."
1 Timoteo 3:2 · NVI"»Pero a ustedes que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los maltratan."
Lucas 6:27–28 · NVIA mi esposa la maltrataron en redes sociales por decir una sola cosa: que los cristianos estamos llamados a la paz, no a la violencia. Eso fue todo. Una reflexión tranquila, sin atacar a nadie. Y la respuesta fue una catarata de insultos. Gente que se congrega, que ora, que sirve. Y yo que ni qué decir, me tocó también. Pero lo que más me impactó no fue el insulto en sí, me pasó con el tiempo. Lo que me impactó fue pensar: si en esta tontería que no afecta sinceramente la vida de nadie ya reaccionamos así, ¿cómo estamos realmente por dentro? Porque esa reacción no la fabricó Mbappé. Esa reacción ya estaba adentro. Él solamente le dio una excusa para salir.
"»¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que está en el tuyo?"
Mateo 7:3 · NVIHoy no te voy a pedir nada espiritual complicado. Te voy a pedir algo muy simple y muy difícil al mismo tiempo: revisá tu historial de redes de esa semana, o de cualquier semana parecida, y preguntate con honestidad qué dice ese historial de tu corazón. No el de Mbappé. El tuyo. Nosotros somos muy buenos para el análisis ajeno y muy flojos para el propio. Si encontrás algo que te incomoda, no lo justifiques. Solo reconocelo. «Fallé. Lo dije en caliente y estuvo mal.» Punto. Eso te dignifica más que cualquier argumento.
El partido terminó. Mbappé sigue jugando en algún lugar del mundo sin saber que existís. Pero lo que ese partido sacó de vos todavía está ahí, esperando que lo mires. Miralo.
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